Con
este pequeño pero nostálgico recuerdo para aquellos ancianos que allá
por los años Cincuenta y tantos, aproximadamente, se sentaban en torno a
una mesa al aire libre, donde se ponían a jugar al por aquel entonces
célebre juego llamado «Pericón», juego autóctono, el cual,
desgraciadamente, nadie tuvo la curiosidad de dejar anotadas o de alguna
forma plasmadas sus reglas de juego, quedando así para la posteridad y
tradicional cultura de nuestro pueblo.
El «Pericón» era un juego de cartas en el que se utilizaban granos de
maíz, garbanzos, habas, etc... Creo que con ellos anotaban los tantos, o
algo así; era quizás un juego difícil de aprender, pero eso sí, muy
distraído de ver.
Se entretenían los mayores jugando con ese sano interés en querer ganar,
ya que al ser un juego de embiste y pasar, de no tener la motivación de
ninguna remuneración económica, ni material, sí era interesante y
divertido.
Gustaba ver aquellas personas, con aquellos sombreros unos, con gorras,
viseras o boinas otros, aquella piel curtida por el sol y el duro
trabajo del campo padecido a lo largo de sus muchos años sobre sus
espaldas, sus manos ya un tanto temblonas, arrugadas y ásperas por los
callos, producto de aquel penoso trabajo.
Lógicamente, como no quería ninguno perder, llegaron hasta crear un
dicho que se hizo popular que decía: «Eres más reservao que el caballo
de bastos en el Pericón» y es que, por lo visto, el caballo de bastos
era la carta triunfo de aquel juego.
Es una pena que no quede, al parecer, según he podido contactar, y bien
que lo he intentado, nadie que pueda explicar más concretamente cómo
eran en realidad las reglas de aquel juego que servía de ocio merecido
para aquellos trabajadores, después de su larga vida de duro trabajo mal
pagado y, desgraciadamente, sus cuerpos mal alimentados, pero con una
naturalea sana y fuerte; dura vida aquella que sufrió la citada
generación.
Pero, eso sí, siempre con hermanamiento de «güena gente», que de verdad
sí que lo eran, gente sencilla, trabajadora, alejados e ignorantes de
ese progreso que después llegaría y que ha desunido esa unión que ellos
vivieron.
Pasaban
sus ratos con armonía y buen humor, con sus irónicos y un tanto
censurados chascarrillos, y su juego favorito, tras un bien, pero más
que bien, merecido, descanso al llegar a esa respetable edad.
Se reunían en dos puntos concretos y asiduos del pueblo, según cada uno
la zona más cerca de su vivienda habitual o sus amigos más allegados.
Un grupo acostumbraba a jugar en la zona de la Fuente Peribáñez (Tejarillo
Viejo), donde, entre otros, allí jugaban: José Saborido (Hirbánez), Juan
Antonio Ruiz (La Peana), Antonio Pino (Pino), Diego Caballero (de la
Merina), Frasquito Álvarez (Pelecho), Antonio Ponce (Ponce), Juan Ponce
(de la Penca), Antonio Becerra (Becerra), Antonio Moreno (el Serrano),
Antonio Serrano (Isidora)... Mis más sinceras disculpas si de alguno me
he olvidado, que seguramente sí, pero es la información que he podido
recopilar.
Otro grupo acostumbraba habitualmente a reunirse también al aire libre
en el Plao Chico (calle Cristo). Allí, entre otros, acostumbraban a
reunirse para echar el rato atrás y jugar a su juego favorito estas «güenas
gentes»: Frasquito Muñoz, Juan Páez, Juan Rivera Barroso, Cristóbal
Rivera Barroso, Francisco Blanco (Alfaro), Cristóbal González (de Lero),
Antonio Vázquez (Soberbio), Miguel Vázquez (Soberbio), Andrés Domínguez
(Escalva), Frasquito Vargas (Machuca), Rafael Serrano (Mozo Riscá), y ya
en tiempo algo más remoto también jugaban Antonio Fernández Rueda (Tío
Antonio Ardegué), Pedro Muñoz Giraldez (Gacela).
Dos grupos de personas sencillas y llanas que sin darse cuenta crearon
una cultura o, mejor dicho, parte de una cultura nuestra que por omisión
perdió su continuidad.
Quisiera presentar mis disculpas y rogando me perdonen los familiares de
todos estos Señores (q.e.p.d.), si les he molestado al citar algunos de
ellos, junto a su nombre, su seudónimo, pero es que así es como eran más
conocidos, los cuales merecieron y merecen todo el respeto del mundo, y
porque les considero toda una institución en la cultura de nuestro
pueblo, y más aún dado el nivel cultural de aquel tiempo.
Vaya desde aquí mi más enérgico recuerdo para aquellos «Amigos del
Pericón».
